La vida en una manzana
Pasé por el escaparate del supermercado Dani de la Plaza de Toros y me alegré de ver a tan poca gente. Por su fama de barato, el apartado de frutas y verduras siempre está lleno y esa mañana se contaban cinco personas. Sentí que estaba ante esas oportunidades que pasan sólo una vez en la vida y entré feliz; por fin tendría en mis manos manzanas, ciruelas y nectarinas a precio de ganga tras diez días de desabastecimiento por vagancia. Ingresé con aire triunfador y saqué número, el 00. Las cuatro dependientas iban por el 95. Sólo era cuestión de minutillos que las chicas me dirigieran la palabra. Craso error. Quienes me precedían numéricamente, todos ancianos, se detenían en detalles inverosímiles para mí. “Dame esa patata, y esa de la izquierda”, decía uno a mi vera. La joven no acertaba y todo se estiraba más. “No, no, ésa no, la que está más abajo”, corregía. El cliente se llevó nada menos que ocho bolsas. Tras atender a este señor, una de las empleada se fue a reforzar el sector de la panadería y otra, a cortar bolsas y acomodar el contenido en sus cajones correspondientes. Ahora quedaban dos. La otra atendía a una pareja que pidió un trozo de calabaza. Una calabaza enorme que venía troceada en gajos grandes. “Quiero la mitad del pedazo este”, le ordenaba la mujer. “No, sólo vendemos por gajos”, le informaba. “La chica dice que tenemos que comprar todo el pedazo ese, ¿tú que dices? ¿No será mucho”, le preguntaba a su marido, que intervino: “¿Por qué no puedo llevarme ese trozo?”. “Bueno, no hay problema”, zanjó la empleada, quizá por temor a que la conversación se extendiese sin fin. La pareja continuó con su compra durante unos cinco minutos, seleccionando cada pieza como el anterior cliente. “Por Dios, elijan cualquiera y ya”, pensaba para mis adentros.
Cuando faltaban tres números apareció otra señora mayor, con el 94. “Perdona, hija, es que me retrase dentro (en Dani, el puesto de vegetales es independiente del super)”. Otra compra gorda y, además, con tocamientos detallados a cada ejemplar. Las siguientes tres personas también se pusieron puntillosas en su selección. En varios momentos pensé en abandonar la lucha pero, como la fábula del burro y la zanahoria, tenía la sensación permanente de estar cerca del objetivo. Aguanté estoicamente. Me atendieron. Un kilo de manzanas, limones, nectarinas y ciruelas blancas. “Son 3,27 euros”. Le dejé 3,30 y me fui rápidamente, aliviado de salir de ese espacio creado para perder el tiempo. Cuando llegué a casa agarré la primera manzana para comérmela, el trofeo del guerrero. Noté que estaba machucada y corté la parte mala. Me senté y pensé que mientras yo desechaba casi la mitad de mi querida manzana, uno de aquellos abuelos se estaba comiendo la fruta entera gracias a su meticulosidad. ¿Qué enseñanzas me dejaba esto? ¿Aquellos abuelos eran sabios ignorados por la sociedad? ¿Tienen un don para apreciar las buenas cosas de la vida? ¿Vivo a un ritmo frenético que no me da tiempo para cuidar mi alimentación? No, nada de eso. Saqué otra moraleja: para conseguir algo en la vida hay que ser rompe huevos.
20 Julio, 2008 a las 20:55
Me pasa lo mismo, siempre lo mismo. Te comprendo y me siento acompañada en mis pesares cotidianos.
9 Agosto, 2009 a las 16:14
Estupendo y más que real! Pero me encantó tu sabio proceso para lograr la conclusión!