El ‘gordo’ Mantecón

9 Enero 2009 por Matías Ochoa

Cuando iba a la primaria (años 87 a 91) tenía un compañero que llevaba todas las de perder. Era el ‘gordo’ Mantecón. Alto, moreno y con un culo enorme, sus movimientos eran motivo de cachondeo para el resto. No sólo eso. En los partidos de fútbol siempre le tocaba portería. “Mantecón (su apellido), ataja tú que ocupas todo el arco”, le decían. Una frase lapidaria que él aceptaba con resignación pese a notársele en el rostro sus terribles ganas de patear el balón y emular a su ídolo Maradona.
Mi aula no resultaba una excepción en el mundo escolar. Todas contaban con un rechoncho/a en quien los pequeños más crueles depositaban sus bromas. Pero los tiempos han cambiado. Días atrás me encontraba haciendo un reportaje en el Parque de las Ciencias sobre un taller de taracea, una pieza árabe. En un ‘impasse’, mientras los 21 pequeños se empegoteaban los dedos, empecé a contar: 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7 y ¡8! Ocho pequeñines rollizos, ocho ‘Mantecones’. Había leído muchas noticias sobre comida basura y sobre el aumento de la gordura infantil, pero fue en ese instante cuando vi la dimensión real del problema. Y pensé en la mala suerte que había tenido Mantecón; el pobre la hubiera pasado mejor en la actualidad, donde tal vez sus rollos no le hubieran impedido imitar al 10 argentino.

Cosas de grandes

24 Octubre 2008 por Matías Ochoa

Imperdible columna escrita por Jorga Lanata en el periódico ‘Crítica de la Argentina’ con motivo del Día del Niño, el 10 de agosto

Nunca sabemos, exactamente, qué hacer con ellos. Tienen tanta luz que nos cuesta verlos. A veces los tratamos como adultos, otras como tontos, y ellos no paran de ponernos a prueba porque necesitan saber cómo es el mundo. A veces los inventamos, en lugar de descubrirlos, porque inventar es, siempre, más tranquilizador: sabemos dónde llegar y caminamos hasta ahí. Descubrir es azaroso. Les enseñamos a caminar para pedirles luego
que se queden quietos, les pedimos que sueñen, pero con horario de oficina (“Ahora ya eres grande, hijo mío. Deja de fantasear”, le dice el padre al protagonista de La historia sin fin). A veces son la excusa demagógica perfecta: –Yo aprendo mucho de mis alumnos de cinco años… –dice la maestra que parece tener poco para enseñarles.
–Lo único que no hago es emborracharme con el pendejo –dice el padre que no pudo ser tal y, culposo, decidió ser amigo de su hijo.
Casi siempre los condenamos al amor condicional: voy a quererte si sos lo que quiero, si te parecés a mí. Nos desespera verlos como personas: pueden ser, como mucho, versiones mejoradas del software original, una especie de papámamá 2.0, pero sólo compatibles con nosotros.
Nos divierte que jueguen a ser grandes, pero que sólo jueguen:
–¿Tenés novia? –le pregunta la vecina al nene de ocho años.
–¿Tenés novio? –le preguntan a la beba de tres, que no conoce la palabra pero sabe que al decir que sí, todos estallarán de risa.
En el colegio es peor: todos les plantean preguntas ajenas y muy pocas veces intentan ayudarlos a responder las propias. Los niños intuyen que se trata de repetir letras ajenas y así lo hacen, desesperados por la aprobación; así premiamos al niño-monstruo, al mejor adaptado, al más extraño, al peor extranjero de su propia niñez, al que habla como un ingeniero civil a punto de jubilarse.
–¡Seremos como el Che! –gritan con el puño en alto los niños cubanos, pañuelo rojo al cuello y gorra militar.
Los niños con respuestas de adultos siempre son niños tristes.
La vida me empujó de la infancia a la juventud, y sé de qué se trata: ni el sueño ni la vida se recuperan, lo que no fue se convierte en melancolía del pasado, imaginaria tristeza por lo que no estuvo. Fui también padre separado y recorrí con Bárbara todas las plazas de la ciudad: allí pude ver, por primera vez, cómo los adultos
insultan a los niños: –¡Mirá el boludo éste! –grita un padre.
–¡Dale, tarado, saltá! –ordena otro.
He escuchado, también, a padres con educación terciaria, defender la teoría del ‘chirlo correctivo’: si el chirlo corrige un error menor, la trompada remediará uno más importante, y una descarga eléctrica uno grave, ¿no? La delgada línea que sostiene el respeto es muy difícil de reconstruir: el insulto –ni hablar, claro, del resto– vuelve presente la sensación de abuso físico: soy más grande que vos, puedo callarte. La relación con ellos está plagada de cortocircuitos: el padre que protesta por la corrupción pero falsifica los vales de nafta del trabajo, la madre que pontifica sobre el amor y le cuenta a la hija de sus coqueteos. A veces actuamos frente a ellos
como si no estuvieran ahí, mirando. Como si no entendieran lo que ven. Son chicos. Decidimos, por comodidad, que los van a educar en el colegio. Nos equivocamos. Nada logrará el colegio que la casa desautorice; en el mejor de los casos el colegio hará posible que caminen por la selva evitando el peligro, o que sepan descubrir un atajo. El resto, la vida, el amor, la muerte, la confianza, la soledad, los sueños, suceden en la casa. Y todo lo demás: también queremos matarlos, disolverlos en ácido, son insoportables cuando gritan o se encaprichan, nos ponen
a prueba todo el tiempo y es terrible descubrirse extorsionándolos (“O hacés tal cosa o…”) y es atroz, absolutamente atroz, que no haya manual alguno, ninguna regla, ninguna ley, ningún saber
incuestionado que dé una solución. Pero el otro día alguien me preguntó si creía en Dios, y solté sin pensarlo un segundo: –Claro que creo. ¿Cómo no voy a creer? Existen los chicos.
De modo que perdón a los niños por no estar a su altura y ojalá algún día nosotros, los grandes, seamos merecedores de ese nombre.

Risto hace de las suyas en Camboya

23 Octubre 2008 por Matías Ochoa

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Increíble. El programa de Antena 3 ‘Tal cual lo contamos’ emitía un documental sobre la pederastia en Camboya. El reportaje, realizado con la ayuda de la ONG Protect, venía más o menos bien, amén de su título amarillento: ‘Podría ser tu hijo’. Había descrito algunos casos interesantes y enumerado las dificultades –leyes benévolas y corrupción gubernamental- con las que se enfrentaba la asociación. La sorpresa fue la aparición de Risto Mejide, sí, el juez de ‘Operación Triunfo’, en una charla con una joven abusada. En el encuentro, el publicista le avisó que poco después iría a entrevistar a su agresor en la cárcel y le invitaba a darle un recado. La chica no decía nada. Hasta que la lengua filosa del personaje salió a escena: “Creo que no sabías, pero él tiene Sida y le queda poco tiempo de vida”, le espeta. La joven se queda dura y, ante la insistencia del entrevistador, sólo atisba a mandarle un “que se cuide”. Luego, una voz en ‘off’ afirmaba que algunas víctimas mantenían cierta empatía con su agresor, mientras que la cámara se detenía en el rostro acongojado de la adolescente. Parecía que la producción buscaba que el espectador se indigne y pregunte ‘¿cómo puede una esclava sexual tener cierta estima por su monstruo?’. Pero no era el quid de la cuestión. La cara de ella invitaba otra lectura. Con toda probabilidad, esos gestos provenían de otro razonamiento menos mediático: “Si él tiene Sida, es probable que yo también lo tenga”. Pero nadie le dijo nada para tranquilizarla. Después, en el plató, la conductora se dio cuenta de que algo no le cerraba y le interrogó al portavoz de la ONG, que había vendido su entidad como super efectiva y útil: “¿Se sabe si ella está contagiada?”. “Creemos que no, pero le recomendamos  unos estudios”, salió del paso el directivo, interesado más en exhibir un abultado número de victimarios encarcelados que en la atención integral de las víctimas. Risto había dejado su huella.

Noche ‘friki’ con Pimpinela

26 Agosto 2008 por Matías Ochoa

Incombustibles.

Incombustibles. Lucía y Joaquín, en el concierto que ofrecieron el 16 de agosto en el Anfiteatro de Maracena.

“El sábado me voy a ver a Pimpinela”. Cuando lanzaba la frase, mis amigos y compañeros de trabajo me miraban con desconfianza, como si no me reconocieran, como si un extraño ser se hubiera apoderado de mi cuerpo y hablara por mí. “¿En serio?”, me preguntaban. “Sí, tengo derecho a una noche ‘friki’”, contestaba. Las justificaciones no iban a ser la única piedra en mi camino al anfiteatro de Maracena. Mi novia, amante de Tom Waits y Yann Tiersen, entre otros artistas de culto minoritario, hizo todo lo posible para boicotearme. Invitó a dos amigas a cenar, unas fanáticas del Barcelona que tras deglutir la ensalada de pasta se pegaron al televisor para ver a su equipo y al Boca argentino. Durante la transmisión, ella bostezaba cada tanto y me miraba de reojo, seguramente esperando las palabras que deseaba: “Ná, mejor nos quedamos”. Craso error. Mi voluntad se antepuso a todo, dejamos a las comensales en su casa y emprendimos camino a la ciudad vecina. La primer sorpresa al llegar fue lo abarrotado que estaba el recinto. No cabía ni un alfiler. El segundo asombro fue la publicidad que se emitía por una pantalla de las bellezas de la provincia de Buenos Aires. Larguísima. Entre gauchos, mates, ríos, caballos… habrán pasado diez minutos. “¡Dale, boludo!”, bromeó un espectador cansado.
La espera se hizo densa pero finalmente aparecieron Lucía y Joaquín; ella, vestido de lentejuelas; él, traje con hombreras y camiseta negra. Saludaron efusivamente al público y anunciaron que repasarían los 25 años de su trayectoria. Arrancaron con un tema medio popero desconocido por la mayoría, que databa de 1983. No entusiasmó mucho, pero ya causaba risas las posturas de Joaquín, que se iba a un rincón y miraba a su compañera con rabia por todo lo que aquella le espetaba en las letras. Una teatralización musical marca Pimpinela. Luego se fueron sucediendo canciones conocidas como ‘A esa’, ‘Amores que matan’, ‘Ese hombre’ o ‘Valiente’. Los espectadores, de todas las edades, se fueron animando. En el ecuador del recital, Pimpinela ya tenía al público en un puño. El dúo, además, comentaba entre tema y tema cómo habían cambiado las relaciones de pareja, lo malo que eran los hombres y las mujeres, con la consiguiente complicidad de los espectadores, que jaleaban “sí, son unos cabrones”, como se escuchó en boca de una señora mayor. Invitaron a dos personas que “hubieran sufrido por amor”. Se apuntó una joven y un hombre de unos 40 años del que todos se mofaron cuando se les obligó a bailar. El final se intuía y no venía la gran canción, esa con la que crecimos más de uno, ‘Olvídame y pega la vuelta’. Se hizo rogar pero apareció en forma de reggaeton. Sí, una versión que dejó boquiabierto a varios. A esta altura mi chica y yo bailábamos y alzábamos las manos cuando Pimpinela lo pedía. Y llegó el fin. Lo mejor fueron las teatralizaciones de ambos, la conexión con el público, el formato del recital, ideal para las fiestas locales, y la voz de Lucía, imponente, muchísimo mejor a la desafinada de La Mari, líder de Chambao, que había actuado un día antes en la misma ciudad. Y lo mejor de lo mejor es que, por fin, tuve mi noche ‘friki’.

Piropos obreros

9 Agosto 2008 por Matías Ochoa

Días atrás iba por la calle Santa Paula cuando de repente, desde lo alto de un edificio en obras, se asomaron dos obreros y empezaron a espetar en voz alta: “¡Psst!, rubia!, ¡psst!, rubia!, ¡psst!, rubia!”. Afortunadamente no estaban dirigidos hacia mí, que soy moreno, sino a una joven con falda que caminaba a unos diez metros delante. “¡Psst!, rubia!, ¡psst!, rubia!”, repetían los trabajadores, hasta que la chica se perdió de vista. El hecho me hizo reflexionar: al ladrillo no sólo lo azota la crisis económica sino también la crisis de ingenio. ¡Muchachos! Se debe mantener la fama de grandes piropeadores que con tanto esfuerzo y sudor se ha conseguido. Aquí va una selección de frases para recuperar terreno:
-Regálame tu sonrisa vertical, simpaticona.
-El médico me ha prohibido levantar cosas pesadas, ¿me ayudas a hacer pis?
-Dime quién es tu ginecólogo que le beso los dedos.
-Cómo me gustaría ser tu secador de pelo para que todos los días me agarres del mango.
-¡Eso son carnes y no las que echa mi madre al cocido!
-No tengo pelos en la lengua y me encantaría que lo comprobaras.
-¡Ay, qué curvas! ¡Y yo sin frenos!

Dos chistes buenos

12 Julio 2008 por Matías Ochoa

En Ámsterdam se realiza la convención mundial de productores de cerveza, a la que asisten los presidentes de las más prestigiosas compañías del mundo. Concluido el encuentro, todos los jefes se reúnen a festejar el éxito del evento, para lo cual se encuentran en la cafetería del hotel donde ha tenido lugar la cita. Una vez allí, no consiguen ponerse de acuerdo en qué pedir. Para romper el hielo, el presidente de Budweiser llama a la camarera más cercana y le dice:
“Una Budweiser, por favor”.
Llega el turno entonces del presidente de Heineken, que dice:
“Para mí, una Heineken, si fuera tan amable”.
A continuación, pide el presidente de Miller:
“Me gustaría tomar una Miller”.
Y el de Coronita: “Tráigame una Coronita”.
Y el de Guinness: “¿Me pone una Guinness?” .
Y así siguieron todos los presidentes de las compañías, pidiendo la cerveza que ellos mismos producían.
El último en pedir fue un director de Alhambra, quien dice: “Quisiera una Coca-Cola, por favor”.
Sorprendidos, los demás le preguntan el porqué de tan extraña decisión, a lo que responde:
“Si ustedes no van a tomar cerveza, yo tampoco”.

Yo estaba muy feliz. Mi novia y yo habíamos salido por más de un año y decidimos casarnos. Mis padres nos ayudaron en toda forma posible, mis amigos me apoyaban, y mi novia era un sueño. Sólo había una cosa que me molestaba mucho: la mejor amiga de ella. Era inteligente y sexy, y a veces flirteaba conmigo, lo que me consternaba. Un día, la amiga de mi novia me hablo por teléfono y me pidió que fuera a su casa a ayudarle con la lista de los invitados a la boda. Así que fui para allá. Estaba sola, y cuando llegué, me susurró que, ya que me iba a casar con su mejor amiga, y tomando en cuenta que ella tenía ciertos sentimientos y deseos hacia mí que ya no podía aguantar, y que antes que me casara y me comprometiera mi vida a su mejor amiga, quería hacer conmigo el amor una sola vez. ¿Qué podía decir? Estaba totalmente sorprendido, y no pude abrir la boca. Así que me dijo, “iré al cuarto, y si tú lo deseas, entra y me tendrás”. Admiré su maravilloso trasero mecerse al subir las escaleras. Me levanté del sillón y estuve así, de pie, por un momento. Me di vuelta y fui a la puerta principal, la abrí, salí a la calle y me dirigí a mi carro.
Mi novia estaba afuera. Con lágrimas en sus ojos, me abrazó y me dijo:  “Estoy muy feliz y orgullosa de ti. Has pasado mi pequeña prueba. No podía tener a un mejor hombre como esposo”. Moraleja: siempre deja tus condones en el coche.

La vida en una manzana

10 Julio 2008 por Matías Ochoa

Pasé por el escaparate del supermercado Dani de la Plaza de Toros y me alegré de ver a tan poca gente. Por su fama de barato, el apartado de frutas y verduras siempre está lleno y esa mañana se contaban cinco personas. Sentí que estaba ante esas oportunidades que pasan sólo una vez en la vida y entré feliz; por fin tendría en mis manos manzanas, ciruelas y nectarinas a precio de ganga tras diez días de desabastecimiento por vagancia. Ingresé con aire triunfador y saqué número, el 00. Las cuatro dependientas iban por el 95. Sólo era cuestión de minutillos que las chicas me dirigieran la palabra. Craso error. Quienes me precedían numéricamente, todos ancianos, se detenían en detalles inverosímiles para mí. “Dame esa patata, y esa de la izquierda”, decía uno a mi vera. La joven no acertaba y todo se estiraba más. “No, no, ésa no, la que está más abajo”, corregía. El cliente se llevó nada menos que ocho bolsas. Tras atender a este señor, una de las empleada se fue a reforzar el sector de la panadería y otra, a cortar bolsas y acomodar el contenido en sus cajones correspondientes. Ahora quedaban dos. La otra atendía a una pareja que pidió un trozo de calabaza. Una calabaza enorme que venía troceada en gajos grandes. “Quiero la mitad del pedazo este”, le ordenaba la mujer. “No, sólo vendemos por gajos”, le informaba. “La chica dice que tenemos que comprar todo el pedazo ese, ¿tú que dices? ¿No será mucho”, le preguntaba a su marido, que intervino: “¿Por qué no puedo llevarme ese trozo?”. “Bueno, no hay problema”, zanjó la empleada, quizá por temor a que la conversación se extendiese sin fin. La pareja continuó con su compra durante unos cinco minutos, seleccionando cada pieza como el anterior cliente. “Por Dios, elijan cualquiera y ya”, pensaba para mis adentros.
Cuando faltaban tres números apareció otra señora mayor, con el 94. “Perdona, hija, es que me retrase dentro (en Dani, el puesto de vegetales es independiente del super)”. Otra compra gorda y, además, con tocamientos detallados a cada ejemplar. Las siguientes tres personas también se pusieron puntillosas en su selección. En varios momentos pensé en abandonar la lucha pero, como la fábula del burro y la zanahoria, tenía la sensación permanente de estar cerca del objetivo.  Aguanté estoicamente. Me atendieron. Un kilo de manzanas, limones, nectarinas y ciruelas blancas. “Son 3,27 euros”. Le dejé 3,30 y me fui rápidamente, aliviado de salir de ese espacio creado para perder el tiempo. Cuando llegué a casa agarré la primera manzana para comérmela, el trofeo del guerrero. Noté que estaba machucada y corté la parte mala. Me senté y pensé que mientras yo desechaba casi la mitad de mi querida manzana, uno de aquellos abuelos se estaba comiendo la fruta entera gracias a su meticulosidad. ¿Qué enseñanzas me dejaba esto? ¿Aquellos abuelos eran sabios ignorados por la sociedad? ¿Tienen un don para apreciar las buenas cosas de la vida? ¿Vivo a un ritmo frenético que no me da tiempo para cuidar mi alimentación? No, nada de eso. Saqué otra moraleja: para conseguir algo en la vida hay que ser rompe huevos.

Gol en contra de la prensa

9 Junio 2008 por Matías Ochoa

Desparejos

Desparejos. El chavalín de la serie ‘Cuéntame…’ domina el balón ante el defensa rival, que no es Pepón Nieto el de ‘Los hombres de Paco’, el pasado domingo en el estadio municipal de Almuñécar.

El pasado domingo me invitaron a jugar al fútbol en Almuñécar.
Me dijeron que iba a ser un partido entre periodistas y famosos, entre los que se encontrarían Hugo, el cantante de OT. Contesté que “sí” sin dudarlo. No me interesó la hora del match (once de la mañana) ni la distancia entre la ciudad costera y mi casa, en Granada capital (75 kilómetros). Soy un enfermo del balón y me apunto con ilusión hasta en un futbolín.

Llegué al estadio como siempre, puntual, y todo comenzó como siempre, muchísimo más tarde de lo acordado. A las 12, éramos seis mirándonos las caras en el vestuario. Lo peor era que en el equipo de las ‘estrellas’ no había nadie salvo el niño de la familia de la serie ‘Cuéntame…’, al que el numeroso público congregado –veinte personas- le sacaba fotos. Al final se salió a la calle y se pilló al primero que pasaba. Así se reunieron a los 11 jugadores de cada bando. El partido no fue para nada parejo. Los de enfrente –aclaro que yo jugaba en el de periodistas- eran mucho mejores. Siempre jugaron a media máquina y nosotros, a todo vapor. Aún así perdimos por un honroso 4 a 3. La primera conclusión de la experiencia es que los reporteros tenemos un estado físico lamentable. Tantas horas frente al ordenador nos achancha, no nos deja tiempo para el gimnasio y los únicos músculos que nos desarrolla son los de los dedos y los de la panza. Ahora que lo pienso, antes de empezar a escribir esto me había propuesto salir a correr, pero ha caído el sol y es la hora de cenar. Me voy a preparar una tortilla de patatas.

¡Señor juez, un periodista, por favor!

30 Mayo 2008 por Matías Ochoa

Definitivamente, la sociedad nos margina. En los anuncios publicitarios, en las portadas de los cedé, en placas institucionales y en paneles pululan las faltas ortográficas. Incluso libros académicos contienen errores y frases enrevesadas de difícil comprensión. Son una muestra de desprecio o desconocimiento a la tarea de los periodistas, formados para escribir de una forma amena y fácilmente legible sin perder la esencia de lo que se quiere transmitir. Sin embargo, los casos anteriores no me quitan el sueño. Lo que sí me pone de los nervios son los escritos judiciales. En mis 33 años de vida no he conocido a una persona común y corriente (o sea, alguien que no sea abogado) entender esos textos. Es increíble cómo las notas de los procesos bajan del mundo inalterable de las leyes al llano sin el más mínimo filtro para que sean comprensibles. Y no estoy loco al decir que resulta imperioso dado que quien los lee está involucrado en el tema. Creo que periodistas deberían aconsejar al mundo judicial a la hora de escribir sus notas.

He leído hace poco un auto sobre la demanda de un grupo de propietarios al constructor por no cederles los terrenos en los tiempos estipulados, debido a que los solares estaban embargados por una empresa eléctrica por impago de la constructora. Tras la presentación de los ilustrísimos e ilustrísimas jueces y una larga y pesada introducción, el texto dice así: ‘La Sala 1º del Tribunal Supremo, entre otras, en sentencia de 1 de febrero de 1995, declara como es reiterada y uniforme la jurisprudecnia interpretativa en el sentido de referir el momento de la justificación dominical del tercero a una fecha anterior a aquella en la que se realizó la diligencia del embargo, causante de la decisión restrictiva del tercero, que en la tercería se combate, el dominio sobre la cosa, necesario para ejercitar la tercería, sólo nace cuando concurren título y modo, consumándose el contrato con la entrega del precio y la cosa, la demostración cumplida y patente de la propiedad que al tercerista corresponde en virtud de la distribución del onus probandi entre los litigantes no puede basarse en documento privado que por sí solo no acredite la efectiva patrimonial pretendida (…)’. Paro aquí porque me aburro. Supuestamente, esto explicaba la disposición final de la sala. Su encabezamiento era ‘fundamentos de derecho’ y en teoría sirve para justificar la última decisión. A mí no me quedó nada claro. Y menos la disposición final, que rezaba ’se mantiene la sentencia en los pronunciamientos relativos a los actores, respecto de los cuales hubo allanamiento’. Pero, ¿los actores no somos todos, incluido el constructor y la eléctrica? ¿De qué allanamiento habla? Así que ya lo sabe, la próxima vez que reciba un auto o sentencia, exija a grito pelado: “¡Señor juez, un periodista, por favor!”. Y recuerde que somos muy baratos, muchísimo más que un abogado.

Hombre 10

30 Mayo 2008 por Matías Ochoa

Hice limpieza en mi escritorio y me encontré con un folleto de aquel polémico curso para ser una ‘Chica 10′, anunciado en marzo pasado por la Asociación Alfaguara, entidad vinculada al Opus Dei y subvencionada por el Ayuntamiento de Granada. El tema lo había escuchado de pasada pero recién ahora pude leer detenidamente aquella propaganda, que decía: ‘¿Sabes coser el bajo de un pantalón? ¿Y hacer una buena tortilla de patatas? ¿Sabes hacer una compra inteligente o qué calorías necesita hoy tu organismo y qué alimentos te ayudan a mantener el tipo?  Todo esto y mucho más en Casa 10, curso especialmente diseñado para chicas universitarias que quieran ser mujeres 10 el día de mañana’. El asunto resultó polémico por su halo machista y por el apoyo institucional que recibía. Yo no voy a entrar en tales cuestiones. Es más, animo a esta asociación a realizar un curso de ‘Hombre 10′, siguiendo su misma línea conceptual. Y les tiro una idea del anuncio: ‘¿Sabes ver televisión aferrado al mando, tirado en el sofá y eludir los continuos llamados de tu pareja para que hagas alguna tarea? ¿Tienes idea de hacer una tortilla de patatas y ensuciar toda la cocina de modo que tu chica no te deje nunca más pisar esta zona de la casa? ¿Sabes ir de compras y llenar el carrito de cervezas, ‘chips’ y toda clase de productos malos para el colesterol? ¿Invitas a tus amigos a ver el fútbol justo el día del aniversario de boda de tu enamorada? Joven granadino, si tus respuestas son negativas, no te preocupes. La Asociación Alfaguara te enseñará todas estas cosas y mucho más para que el día de mañana, cuando seas un Hombre 10, el cura de la parroquia del barrio te vea pasar y diga “ese joven  va a llegar lejos en la vida”‘.